DÍA 11 DE MAYO PIENSO, LUEGO NO SOY
eDUARDO bOTERO tORO
Cogito ergo sum: ¿Nos complicamos un poco pensando que pensando significa que somos, que
existimos? Somos (existimos), es decir, pensamos, afirma Renato Descartes. Pero somos, entonces, solo fenómenos de
consciencia…
La
puesta en el camino del pensamiento de los olvidos, los actos fallidos, los
sueños, los síntomas y sobre todo esa brutal realidad según la cual cada que
buscamos la felicidad nos encontramos con el sufrimiento (pasa con el amor,
pasa con el dinero, sucede con la erudición…) hace imposible seguir sosteniendo
que somos porque pensamos.
Por
Freud y, con otros modos de proceder como los de Lacan, descubrimos que somos
justamente ahí cuando no pensamos.
Cuando, en esta cuarentena, salimos a la calle,
y constatamos habernos olvidado de una medida de protección, regresamos a casa
y a la pregunta de por qué te devolviste contestamos: “olvidé el taparrabos, en
lugar de decir tapabocas”.
Por la
boca muere el pez: queda ipso facto denunciada una intención no sabemos si
pensada aunque sí sabemos no confesada con la salida a la calle. ¿Protegerme de qué, entonces? De la mirada que detalla “rabos” a manera de
práctica cotidiana y gozosa. Intención: salir protegido contra el
coronavirus. Realidad: salir protegido contra
la tentación. ¿Quién soy? Alguien que,
lapsus mediante, lleva a cabo el acto de salir protegido contra los objetos de
su mirada.
Toma
cierta significación, en este caso, que la letalidad del coronavirus actual
proceda de una modificación en su código genético, con porciones del VIH, que
son las que transforman un coronavirus corriente en el actual coronavirus,
potenciando su capacidad de contagio y de letalidad.
El VIH:
ese agente productor de una enfermedad ligada a la sangre y a las prácticas sexuales
promiscuas, sin protección.
Las
defensas caen, pero no solamente las inmunológicas: aquellas que mantenían bajo
represión la sexualidad del voyerista, que “sin saberlo sabe” que la muerte
provendrá más fácilmente del contacto corporal y no del visual.
Allí
donde no pienso, soy: sabemos que La Peste, fue la gran invención de un Albert
Camus que la imaginó en la ciudad de Oran.
Alguien te dice que ha dejado la lectura de La Peste y ha elegido más
bien la lectura de El Decamerón, dado que se aburrió leyendo “lo que sucedía en
Onán.”
¡Que
cada lector haga su ejercicio!
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