lunes, 25 de mayo de 2020


DÍA 11 DE MAYO PIENSO, LUEGO NO SOY

eDUARDO bOTERO tORO

Cogito ergo sum: ¿Nos complicamos un poco pensando que pensando significa que somos, que existimos? Somos (existimos), es decir, pensamos, afirma Renato Descartes.  Pero somos, entonces, solo fenómenos de consciencia…

La puesta en el camino del pensamiento de los olvidos, los actos fallidos, los sueños, los síntomas y sobre todo esa brutal realidad según la cual cada que buscamos la felicidad nos encontramos con el sufrimiento (pasa con el amor, pasa con el dinero, sucede con la erudición…) hace imposible seguir sosteniendo que somos porque pensamos. 
Por Freud y, con otros modos de proceder como los de Lacan, descubrimos que somos justamente ahí cuando no pensamos.

Cuando, en esta cuarentena, salimos a la calle, y constatamos habernos olvidado de una medida de protección, regresamos a casa y a la pregunta de por qué te devolviste contestamos: “olvidé el taparrabos, en lugar de decir tapabocas”.

Por la boca muere el pez: queda ipso facto denunciada una intención no sabemos si pensada aunque sí sabemos no confesada con la salida a la calle.  ¿Protegerme de qué, entonces?  De la mirada que detalla “rabos” a manera de práctica cotidiana y gozosa. Intención: salir protegido contra el coronavirus.  Realidad: salir protegido contra la tentación.   ¿Quién soy? Alguien que, lapsus mediante, lleva a cabo el acto de salir protegido contra los objetos de su mirada. 

Toma cierta significación, en este caso, que la letalidad del coronavirus actual proceda de una modificación en su código genético, con porciones del VIH, que son las que transforman un coronavirus corriente en el actual coronavirus, potenciando su capacidad de contagio y de letalidad.
 
El VIH: ese agente productor de una enfermedad ligada a la sangre y a las prácticas sexuales promiscuas, sin protección.

Las defensas caen, pero no solamente las inmunológicas: aquellas que mantenían bajo represión la sexualidad del voyerista, que “sin saberlo sabe” que la muerte provendrá más fácilmente del contacto corporal y no del visual.
 
Allí donde no pienso, soy: sabemos que La Peste, fue la gran invención de un Albert Camus que la imaginó en la ciudad de Oran.  Alguien te dice que ha dejado la lectura de La Peste y ha elegido más bien la lectura de El Decamerón, dado que se aburrió leyendo “lo que sucedía en Onán.” 
¡Que cada lector haga su ejercicio!




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