eDUARDO bOTERO tORO
SONETO A MAMA
Joan Manuel Serrat
No es que no vuelva porque me he olvidado
De tu olor a tomillo y a cocina,
De lejos, dicen que se ve más claro,
Que no es igual quien anda y quien camina.
De tu olor a tomillo y a cocina,
De lejos, dicen que se ve más claro,
Que no es igual quien anda y quien camina.
Y supe que el amor tiene ojos verdes,
Que cuatro palos tiene la baraja,
Que nunca vuelve aquello que se pierde
Y la marea sube y luego baja.
Que cuatro palos tiene la baraja,
Que nunca vuelve aquello que se pierde
Y la marea sube y luego baja.
Supe que lo sencillo no es lo necio,
Que no hay que confundir valor y precio
Y un manjar puede ser cualquier bocado.
Que no hay que confundir valor y precio
Y un manjar puede ser cualquier bocado.
Si el horizonte es luz y el rumbo un beso,
No es que no vuelva porque te he olvidado,
Es que perdí el camino de regreso, mama…
No es que no vuelva porque te he olvidado,
Es que perdí el camino de regreso, mama…
Vieja: Cuando tomé los aviones
que me llevarían primero a Bogotá y después a Cali, ciudad de la que nunca he
querido irme, ignoraba que se vendrían 43 años de imposible olvido y de
trasegar en busca de hacer camino andando.
Imposible olvido de tu imagen tejiendo mientras cantabas esos boleros
que yo sigo cantando y mis hijas toman para ellas. Trasegar montado al mismo tiempo en el hacer
nuevo de un permanente presente y la celebración de atreverme a ser en la
distancia.
El amor (“verdes mares de cristal”),
el juego, el psicoanálisis, el tiempo como eterno retorno, como ese péndulo que
entonces estaba del lado de la lucha por transformar el mundo, ahora del otro
lado: el de evitar ser devorado por este.
Pasajero de palacios y de
tugurios, la medicina me llevó a descifrar pendientes de tu serena manera para
mirar las cosas, descubrir lo importante que es una sábana limpia para un
enfermo sufriente, la comunión gozosa con el cuidador que se esmera sin
estridencia, el aprecio por la forma como Alberto, mi amigo, asume el ser
apreciado –y conocido por todo su pueblo, a quien sirve desde casa o a
domicilio.
¡Ah! ¡Madre!: el capítulo de El
Capital del descocado Marx: una cosa es el valor, otra es el precio. Y el hambre en ocasiones convirtiendo en
apetitosa cena la suma de un aguacate con una arepa.
Horizonte de esta época será
también el recordarte. Entonces sé que
habrá luz. Los besos a otra cara, a la de ojos verdes, a otra boca., mi
Victoria. Evocarte no me exige regresar, la figura de hijo pródigo me aburre
tanto como un discurso politiquero en plaza pública. Si nunca vuelve aquello que se pierde, no hay
camino entonces de regreso. No tengo por
felicidad esperar que mis hijas vuelvan a casa, sino saber que saben estar
lejos de ella por ellas mismas. Es mi
pequeño orgullo y mi homenaje a tu forma de amar sin retener, porque sabes que
no hay peor muestra de amor que la exigencia de sumisión y dependencia. Que conservaré por siempre en mi memoria tu
discreto amor por las disidencias devocionales basadas en la experiencia en
contra de la adhesión a verdades absolutas y amparadas por el peso de la
autoridad.
Conservo el sweater con cuello de
tortuga que me hiciste para viajar a Bogotá.
Lo usan mis hijas. Y cada que se
los veo puesto, vienen a mi memoria los boleros que cantabas mientras tejías,
lejos del olor a tomillo y a cocina. Es, todavía, color vino tinto, y del color
paso a evocar tantos encuentros de festejo, de aguardiente y de guitarras, de tener
reunidos a todos alrededor de tu sala de costura y de tus libros en el nochero
de tu lado y de esa escena inolvidable, cuando jugabas bádminton con mi padre
en los inolvidables paseos de domingo.
En el mercado de esclavos, madre,
celebro no haber dado nunca contigo. (Gracias Prèvert).

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