lunes, 25 de mayo de 2020


DÍA 12 DE MAYO ESTAMPA PARA UN DESCONOCIDO

eDUARDO bOTERO tORO

No lo conocí y mi padre alcanzó a tenerlo cerca poco tiempo.  En la leyenda familiar Alfonso se vislumbró siempre enamorado de la vida y de la abuela, casi escribo Nona, sentí que haría honor a sus ancestros.  Para una mujer con el carácter firme y libre de ella no podía ser sino un verdadero hombre como usted quien la cortejara y sedujera. 

Joven fue su final de vida, joven la tierra que acogió su cuerpo, joven su viuda y niños su prole.  ¿De dónde el tesón de Lucila, de dónde la fuerza de servir a los apartados de la historia de Ema y de René, de dónde la amistosa condescendencia de Jaime y de Alfonso hijo, de dónde el misterioso encanto de la tejedora de sueños y de encajes de Alicia, de dónde la decisión por la presencia solidaria de Raúl, de dónde la impetuosa fogosidad y fuerza de Elena?

Una vez en Cartago, Valle, supe de usted más, un poco más: un viejo hijo de un amigo suyo en la Feria de Ganado de Medellín recordaba haber escuchado historias de un impecable caballero llamado Alfonso Botero, con quien todas las mañanas endulzaba el café que paladeaban mientras conversaban.  Tal vez sonaban tangos, de fondo, en el lugar.  Tal vez sonaba Marionetas, entonada por Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo, cuando el tiempo del disco dejaba su mitad entera a la banda. 

¿Estaba entonces, usted abuelo, evocando las tardes de baile con la abuela, por allá, por el oriente antioqueño? …en una ocasión tratando de explicarle a ella el malentendido de su padre con el de ella, a quienes los principales del pueblo convocaron llamándole a que renegara de su ateísmo dado que marcaba su ganado con la santa cruz cuando en realidad el viejo usaba el áncora, emblema de viajeros, que como él, habían llegado a estas tierras. 

De niño recuerdo escuchar de la abuela cómo se volaba ella de su casa para verse con usted, abuelo.  Se volaba sí y decía que bailaban en las tardes que pasaban en La Selva, que años después y por mucho tiempo estuvo administrada por un hijo de Alberto Bernal Nicholls, funcionario del ICA.  Yo estuve en esa casa, abuelo, y la recorrí embelesado con el color naranja y blanco de su fachada, en contraste con el verde de la planicie donde había sido construida.  Me bajaba del carro de mi padre, después de la abuela, quien comenzaba a evocar esas tardes de fiesta y de jolgorio.  Ahora mismo pongo a sonar La Pulpera de Santa Lucía, para recrearme en este escrito, forzar a mi memoria ir a los dos tiempos, el de mi infancia que escuchaba atento los relatos de la abuela y el del tiempo que ella evocaba de sus tardes festivas y de enamorados. 
Usted nunca ha sido habitante del olvido aunque yo no lo haya conocido.  Para la mente de un niño la historia de un abuelo difunto coloca su imagen al lado de las leyendas que fabrica.  “¿Cómo era el abuelo, papá?” Le pregunté una vez a mi padre.  Recuerdo que me miró, sonriente y me respondió con su silencio y el rebrilleo acuoso en su mirada.  Entonces supe que para hablar de un padre se necesita haberlo conservado vivo más tiempo del que mi padre tuvo al suyo.
 
Nombre del padre, yo llevo en el mío el suyo.  Como otros: Alfonso, Luis Alfonso, Jorge Alfonso… Fragmentos de su semilla, diáspora de su afecto: lo evoco hoy, abuelo, por primera vez en mi vida llamándolo de ese modo, abuelo a secas, no “el abuelo Alfonso”, nominación de la leyenda.  Miro su retrato y digo: soportaste la miserable condición de humanos de tu estirpe, glorificaste la libertad eligiendo una mujer bella e “hija del ateo míster”, amaste hasta tus cincuenta y dos años lo que hiciste… Otros principalísimos ya no de Rionegro sino de Medellín, vociferaban contra el impío doctor Abad Gómez, que se atrevió a potabilizar el agua y a pasteurizar la leche… Esta vez no pudiste alzarte en contravía de ellos, la fiebre tifoidea abrió camino en tus entrañas y quiero asegurar que te dejó con la palabra Alicia pegada a tus labios.



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