DÍA 12 DE MAYO ESTAMPA PARA UN DESCONOCIDO
eDUARDO bOTERO tORO
No lo
conocí y mi padre alcanzó a tenerlo cerca poco tiempo. En la leyenda familiar Alfonso se vislumbró
siempre enamorado de la vida y de la abuela, casi escribo Nona, sentí que haría
honor a sus ancestros. Para una mujer
con el carácter firme y libre de ella no podía ser sino un verdadero hombre
como usted quien la cortejara y sedujera.
Joven
fue su final de vida, joven la tierra que acogió su cuerpo, joven su viuda y
niños su prole. ¿De dónde el tesón de
Lucila, de dónde la fuerza de servir a los apartados de la historia de Ema y de
René, de dónde la amistosa condescendencia de Jaime y de Alfonso hijo, de dónde
el misterioso encanto de la tejedora de sueños y de encajes de Alicia, de dónde
la decisión por la presencia solidaria de Raúl, de dónde la impetuosa fogosidad
y fuerza de Elena?
Una vez
en Cartago, Valle, supe de usted más, un poco más: un viejo hijo de un amigo
suyo en la Feria de Ganado de Medellín recordaba haber escuchado historias de
un impecable caballero llamado Alfonso Botero, con quien todas las mañanas
endulzaba el café que paladeaban mientras conversaban. Tal vez sonaban tangos, de fondo, en el
lugar. Tal vez sonaba Marionetas,
entonada por Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo, cuando el tiempo
del disco dejaba su mitad entera a la banda.
¿Estaba
entonces, usted abuelo, evocando las tardes de baile con la abuela, por allá,
por el oriente antioqueño? …en una ocasión tratando de explicarle a ella el
malentendido de su padre con el de ella, a quienes los principales del pueblo
convocaron llamándole a que renegara de su ateísmo dado que marcaba su ganado
con la santa cruz cuando en realidad el viejo usaba el áncora, emblema de
viajeros, que como él, habían llegado a estas tierras.
De niño
recuerdo escuchar de la abuela cómo se volaba ella de su casa para verse con
usted, abuelo. Se volaba sí y decía que
bailaban en las tardes que pasaban en La Selva, que años después y por mucho
tiempo estuvo administrada por un hijo de Alberto Bernal Nicholls, funcionario
del ICA. Yo estuve en esa casa, abuelo,
y la recorrí embelesado con el color naranja y blanco de su fachada, en
contraste con el verde de la planicie donde había sido construida. Me bajaba del carro de mi padre, después de
la abuela, quien comenzaba a evocar esas tardes de fiesta y de jolgorio. Ahora mismo pongo a sonar La Pulpera de Santa
Lucía, para recrearme en este escrito, forzar a mi memoria ir a los dos
tiempos, el de mi infancia que escuchaba atento los relatos de la abuela y el
del tiempo que ella evocaba de sus tardes festivas y de enamorados.
Usted
nunca ha sido habitante del olvido aunque yo no lo haya conocido. Para la mente de un niño la historia de un
abuelo difunto coloca su imagen al lado de las leyendas que fabrica. “¿Cómo era el abuelo, papá?” Le pregunté una
vez a mi padre. Recuerdo que me miró,
sonriente y me respondió con su silencio y el rebrilleo acuoso en su
mirada. Entonces supe que para hablar de
un padre se necesita haberlo conservado vivo más tiempo del que mi padre tuvo
al suyo.
Nombre
del padre, yo llevo en el mío el suyo.
Como otros: Alfonso, Luis Alfonso, Jorge Alfonso… Fragmentos de su
semilla, diáspora de su afecto: lo evoco hoy, abuelo, por primera vez en mi
vida llamándolo de ese modo, abuelo a secas, no “el abuelo Alfonso”, nominación
de la leyenda. Miro su retrato y digo:
soportaste la miserable condición de humanos de tu estirpe, glorificaste la
libertad eligiendo una mujer bella e “hija del ateo míster”, amaste hasta tus
cincuenta y dos años lo que hiciste… Otros principalísimos ya no de Rionegro
sino de Medellín, vociferaban contra el impío doctor Abad Gómez, que se atrevió
a potabilizar el agua y a pasteurizar la leche… Esta vez no pudiste alzarte en
contravía de ellos, la fiebre tifoidea abrió camino en tus entrañas y quiero
asegurar que te dejó con la palabra Alicia pegada a tus labios.
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